Siempre estuve aquí… – Escrito por Jennifer Barreto-Leyva

Jennifer Barreto-Leyva | Directora de Llanero Digital

Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 28 segundos

Esta ha sido la carta editorial que hasta ahora me ha costado más escribir. No solo porque el tema a comentar está vigente y vivo, sino porque me duele profundamente como mujer.

El mundo se horroriza en esta rueda imparable de desgracias que nos ha tenido atrapados en los recientes dos años, con las barbaries del régimen talibán y aunque someramente se sabía el infierno que viven las mujeres en este país, el haber refrescado la información, con el agregado macabro de los “bacha bazis” y el recrudecer del ejercicio de la nefasta Ley Sharía sacudió a propios y extraños. Alborotó a los “políticos Kardashian” como les suelo llamar a los individuos que dicen representar a la ciudadanía y solo están para postureo en redes y hacer acto de presencia en físico por contados minutos en actos donde reúnan grandes grupos de gente. 

En redes el clamor popular es “¿Dónde están las feministas?” brillan por su ausencia. Otras más desenfadadas o atrevidas pasaban a dar clases de Afganología en sus redes. En fin, el mismo circo de siempre…no hay que perder tiempo con esto.

El peor espectáculo lo dio la Organización de Naciones Unidas, el día que se dio a conocer la arremetida de los Talibán, ellos con sus prioridades claras, posteaban en redes que la ropa no tenía género. Su agenda y prioridades están a la vista, que nadie se sorprenda.

Sin embargo, yo que sí trabajo con mujeres árabes desde hace muchísimos años, siento profunda tristeza como al unísono congéneres de todos los países de la liga árabe han gestado esfuerzos infinitos por liberar a tantas mujeres afganas o por lo menos a suavizar su dolor. Son gotas en el desierto, porque es realmente poco lo que la ciudadanía pudiera hacer sin ayuda de gobiernos, grandes instituciones y plataformas que dicen trabajar para la causa que al final no son más que burocracia, gasto de impuestos ciudadanos y postureo puro y duro.  Las mujeres y los niños afganos siempre estuvieron solos, y nada ha cambiado a la fecha. Hay posturas de asombro y escándalo que a algunos no les queda nada bien.

El trabajo que hay que hacer es mucho y profundo. Que las mujeres –por ejemplo- crean que un velo o burka las protege o eleva su estatus comparadas con mujeres occidentales o que piensen que las mujeres occidentales somos “liberales” es escandalosamente retrógrado y lamentable. No es culpa de ellas. Esto es una suerte de rueda, de esas que le ponen en las jaulas a las mascotas. No conocen nada más, otras conocen un poco más, pero están atadas de pies y manos. Es miserable re-victimizarlas y culparlas. El problema son las ideologías, religiones, sistemas, no sus víctimas.

La histeria colectiva volvió a hacer de las suyas cuando lincharon en redes a Clarissa Ward, periodista de CNN, cuando rodeada de talibanes narraba lo que veía a su alrededor. Fue clara en sus palabras “son asesinos y parecen amigables, es perturbador”. No soy fan de esta cadena, no conozco a Clarissa y poco me puede importar lo que digan o no de ella, pero preocupa y más en personas con grados académicos, la poca, en otros casos nula, comprensión, inteligencia emocional y raciocinio. El odio se apoderó de unos cuantos, pero la estupidez se hizo presente y fue en masas.

El mundo entero le dio la espalda a Afganistán, luego de pasarse de mano en mano un conflicto que a la fecha nadie ha podido y querido resolver. Siento dolor, siento impotencia porque nada de esto me es ajeno ni es nuevo para mí. Son años de leer, escribir  y escuchar sus terribles historias.

Poco o mucho, lo que podamos hacer por liberar a esta gente es más de lo que imaginamos, con tanto inútil con poder haciendo nada, vale mucho más cualquier esfuerzo. No hay nada más valioso que la libertad de pensamiento y acción y por comprometido que esté, jamás será comparable a la tragedia que viven los afganos.

Si brindar mis espacios para darle voz a su voz es lo único que puedo hacer, así lo seguiré haciendo.

No olvidemos el raciocinio y la empatía con la tragedia de otros.  

Somos mejor que eso.

Escrito por: Jennifer Barreto-Leyva

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