Lun. Jul 13th, 2020

Migrantes venezolanos que fallecieron por el Covid-19 en Perú

Se calcula que al menos 40 ciudadanos venezolanos han fallecido en Perú, por COVID-19, así lo expresó la Embajada de Venezuela designada por el presidente encargado Juan Guaidó, en dicho país.

La organización de periodismo de investigación Convoca.pe cuenta la historia de estos ciudadanos que llegaron huyendo de la crisis y se encontraron con un virus que los llevó a la muerte. 

Los relatos de sus deudos hablan de las deficiencias del sistema de salud en el Perú, la falta de apoyo del gobierno, el miedo a ser discriminados y el deseo póstumo de llevar las cenizas hasta su tierra natal.

José no tiene claro dónde se contagió. Cree que pudo haber sido en el mercado Virgen del Carmen, en la avenida Bocanegra, en el Callao —región colindante a Lima—, a donde iba cada quince días. Era el único sitio al que salía desde que empezó la crisis sanitaria. Había quedado desempleado mucho antes de la cuarentena y era él quien se encargaba de hacer las compras, mientras su esposa hacía teletrabajo desde casa y su hija de 11 años seguía con sus clases virtuales.

Él tenía un año de haber llegado al Perú, proveniente de la ciudad de Mérida, ubicada al oeste del territorio venezolano, en la cordillera andina de esta nación. Su pareja había salido seis meses antes y esperaba en Lima a que su situación económica mejorara para reencontrarse. Sin embargo, la crisis de servicios públicos en Venezuela que culminó con un gran apagón eléctrico lo impulsó a salir con su hija antes de tiempo. 

En la segunda semana de abril, José empezó a presentar dolor de cabeza, fiebre y malestar general. Algo le hacía presagiar que tenía el coronavirus. Llamó al 113, el número habilitado por el Ministerio de Salud para atender los casos de COVID-19. Le dijeron que no podían atenderlo porque no tenía dolor de garganta ni dificultad para respirar.

Entonces, decidió automedicarse: comenzó a tomar paracetamol y otros remedios que le recomendaban. “Gracias a Dios me recuperé”, cuenta con el tono pausado que caracteriza a quienes vienen de los estados andinos de Venezuela. “Lo malo fue que, a los días, mi esposa comenzó a sentirse mal”, agrega.

Ella manifestó todos los síntomas. Así que volvieron a llamar al 113 y, de nuevo, les negaron la atención, esta vez con el argumento de que la paciente no había tenido contacto con algún extranjero. 

“Lo que hice fue tratarla con paracetamol de la misma manera que había hecho conmigo. Pero tenía mucho dolor en el pecho. La llevé a una clínica donde le sacaron una placa del tórax y le dijeron que tenía bronquitis. La prueba del COVID-19 no se la hicieron porque no la tenían. La nebulizaron y le mandaron tratamiento para la casa”, cuenta.

José recuerda que no hubo mejoría. La mujer de 34 años –cuya identidad se reserva a petición de su esposo– se quejaba de malestar en la espalda y se mareaba cuando intentaba levantarse. A los dos días, él volvió a la clínica para pedir un médico a domicilio. Le dijeron que no tenían a nadie disponible para ese servicio. Se acercó a una posta de salud en el Callao y allí le informaron que sólo atendían a pacientes COVID-19 confirmados. Entonces, con ayuda de un amigo, bajó a su esposa por las escaleras desde el cuarto piso en el que vivían y la llevaron hasta la clínica.

“Ese 27 de abril a las 10 y 30 de la mañana le dio un derrame cerebral. Su cara se paralizó”, cuenta José y hace una pausa para respirar. “En la clínica la estabilizaron y me dieron una orden para hacerle una tomografía, allí no tenían tomógrafo y no podían saber qué tan grave era el daño que le había causado el derrame”.

Hizo un recorrido por varios hospitales, pero ninguno tenía tomógrafo. Hasta que llegaron al Arzobispo Loayza a eso de las tres de la tarde. Para ese entonces, ella ya estaba inconsciente. La subieron en una silla de ruedas y la dejaron esperando. Cuando finalmente iban a realizarle la tomografía, ordenaron hacerle la prueba de COVID-19 y el resultado fue positivo. De inmediato, le informaron que no podían hacerle el examen porque contaminaría el tomógrafo.

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